miércoles, 22 de octubre de 2008

SUERTE

Alguien golpeó la puerta.Recibì la carta en mano, que venía directamente de Mercedes. Leí la nota en mi humilde sillón roto donde decía que era el heredero por voluntad propia del difunto de una casa de campo en Mercedes.

La firma y la letra eran del Sr. Roberts para quien había trabajado en una de sus propiedades hacía dos meses.

Pero en el testamento una cláusula me impedía vender los muebles y tampoco podía despedir a un viejo sirviente que cuidaba la casa.

Llegue con mi esposa a la finca un día lluvioso, sólo llevábamos unas pocas ropas.

Una extraña silueta se alcanzaba a distinguir desde el camino. Estaba esperándonos en la puerta principal.

Su rostro mostraba quemaduras y cicatrices muy profundas. No se distinguían sus facciones originales.

Mi esposa y yo nos encontramos muy incómodos al hablar con este ser.

-¿Cuál es su nombre señor?-

-Soy el mayordomo Hugo. ¿Usted es el nuevo propietario verdad?

-Somos los herederos según el testamento del Sr. Roberts, que no tenía familiares ¿No es cierto? Nosotros cuando trabajamos con él ocupábamos la casa de atrás. A lo mejor a Ud. le convendría adoptar esa costumbre aquí ¿No le parece?

-De ningún modo. Ya está escrito que debo seguir con mis funciones en la casa principal-dijo y me ofreció una mano huesuda y pálida que me apretó demasiado fuerte al punto que retire mi mano del saludo.

Dos semanas después.

Comenzaron a suceder cosas raras. Cosas feas. Cosas perversas. Cosas, cosas, cosas.

…Un día mí esposa se metió a la bañera y alguien habría colocado ácido en el agua lo que le provocó terribles úlceras en la piel.

Las mascotas de la familia más temprano o más tarde aparecían muertas y colgadas de las plantas del jardín.

Mi señora me rogaba dejar todo y volver a nuestro antiguo hogar.

Estaba cansada de los objetos que desaparecían y aparecían en otro lugar...

Se escuchaban sonidos extraños en la noche.

¿Acaso Hugo hacía todas estas cosas? ¿Por qué? ¿Para qué?

Ningún vecino nos quiso hablar de el. La enfermera se santiguó al escuchar su nombre. Alguien dijo que era el verdadero dueño de la casona, que no había muerto, que era siniestro, que nadie sabía más nada desde aquel extraño e inexplicable incendio.

Enseguida pensé: “el incendio” “el aspecto quemado de Hugo” “propietario vivo de la casa” “¿le gustaría torturar a la gente?” “¿se habría burlado de nosotros todo el tiempo?”

Al volver a la finca vi. una claridad cada vez más anaranjada.

¡La casa arde en llamas!

¡El incendio! Grite y corrí llamando a mi mujer desesperadamente.

Con temeridad entre en las llamas.

Luego de largo rato solo logre escuchar, desde las columnas humeantes, una terrible carcajada que parecía venir desde el mismo infierno.

Mirta Scaglia

4 comentarios:

Gabriela Urrutibehety dijo...

El cuento retoma los tópicos más frecuentes de la literatura de terror, de modo que el lector se desliza por ellos hasta el final. Quizá fuera interesante introducir alguna leve variante, para evitarle al lector la comodidad de transitar terreno conocido y hacerlo sobresaltar un poquito.

Anónimo dijo...

Me gustó mucho el cuento. Quizás le hubiera dado más importancia a los "hechos raros" que ocurrían en la finca.
El final es lo mejor.
Cecilia Tijero

Unknown dijo...

La historia narrada es interesante pero estaria interesante que describieras esos hechos raros que suceden para atrapar más al lector.
Sabrina

Anónimo dijo...

la historia está buena pero hubiese quedado más rica si describias y elaborabas un poco más algunos hecho.
de Andrea Rolón