En Oberá era un secreto a gritos…
Qué casualidad tan parecidas, mismas características físicas, mismas deficiencias.
Ellas que se conocían desde siempre se divertían jugando a que eran mellizas, pero…nada más.
Muy a pesar de Celeste. Anahí era la más querida en el pueblo por su dulzura y bondad.
_”Pobrecita – decían las comadres – siempre pensando en los demás. Es un angelito”.
Comentarios como éste ponían de muy mal humo a Celeste, que por supuesto se reconocía perfectamente resentida por la situación.
Ya más grandes, si sospechaban algo por los comentarios, lo disimulaban muy bien. Trataban de diferenciarse en el corte de cabello, estilo de ropas o comportamiento.
Nunca más se habló del tema, claro que había otras preocupaciones, otras prioridades, o así lo creían.
Era tal el estado desesperante que se vivía en el pueblo, pobreza, desolación, polvareda, que les urgía la necesidad de vivir, y Celeste, utilizando todo tipo de artimañas, persuade a su amiga a que la siguiese en su sueño y llegar a ser realidad la vieja fantasía: vivir en la gran ciudad que tanto anhelaba de las novelas que llegaban cada tanto por el único canal de T.V. que podían ver.
Pero…qué, qué harían ellas sin estudio ni experiencia laboral en Buenos Aires – se preguntaba Anahí con temor.
No era que no importaba el temor de Anahí, pero estaba la ilusión de una “mejor vida”, no se cansaba de repetir Celeste.
Fue así que entre llantos, besos, abrazos y promesas, llega el día. Rosa, a quién tanto le había costado criar y educar en valores a Anahí, le ruega que bajo ninguna circunstancia dejara de ser una persona de bien.
_ Es mejor ir descalza por la vida y andar con la frente en alto que… no poder volver al pueblo por vergüenza, le decía cada vez que podía.
Como las despedidas les eran muy dolorosas, prefirieron que nadie las acompañara a la estación.
Ya en viaje, a Anahí se le mezclaban los sentimientos de angustia por alejarse de los suyos, el temor a lo desconocido, el calor agobiante, el vaivén del tren, el bullicio de los demás pasajeros, el llanto de algún bebé,… tan nerviosa se sentía que no cesaba de revolver los papeles, números de teléfonos, nombres de referencias de posibles empleadores y calles.
_ ¿Qué estoy haciendo? - se escuchó preguntándose a sí misma en voz alta, mientras se sentía acobardada por la situación y perturbada por Celeste, que se paseaba por el pasillo como si nada, mejor dicho de modo tal, que la desconocía.
Claro está ahora, el entonces comportamiento de Celeste, que había logrado poner en marcha su plan.
Luego de horas y horas de andar, en muchas ocasiones a paso de hombre, por lugares totalmente desconocidos y haber compartido tano tiempo con toda aquella gente, hasta se podría decir que entablaron una relación de “amistad”; con uno de ellos en especial, bien parecido, elegantemente vestido - casi casi como Roberto Alberto, el protagonista de la novela de turno-, sentado a tres asientos con Celeste.
Recuerda Anahí haberlos visto cuchicheando, observándola y riéndose de forma desvergonzada y groseramente. Se comunicaban por celular, seguían cuchicheando hasta que, con mucho disimulo Celeste recibe dinero y se aleja hacia el baño.
Al llegar a la estación de Paraná y al ver que su amiga no regresaba, Anahí sale en su búsqueda, pregunta a algunos pasajeros. Nadie sabe nada, hasta que una chica, con aspecto y comportamiento extraño para su modo de vida, le dice que la “piba” que estaba buscando, había bajado al baño de la estación, con cara de no sentirse muy bien.
Anahí con mucha desconfianza pero sintiendo también que no le quedaba otra, bajó del tren, busca los baños, pregunta a uno y a otro, tan alocadamente que ni siquiera escucha sus respuestas; sigue buscando, corre por el hall central, por los pasillos, cuando se da por vencida regresa al tren, pero a otro equivocado, sin destino, amiga ni pertenencias. Baja corriendo, atropellándose a cuanto pasajero recién llegado, vendedores ambulantes…o a quien se le atravesaba. Lloraba, miraba sin ver, le daba la sensación de que estaba gritando y nadie la oía.
_ ¡Por Dios, qué me está pasando!, retumbó en toda la estación como un estruendo al momento en que cae estrepitosamente al suelo.
Desde entonces, según los que se atrevieron a atestiguar, vivió perturbada, comunicándose sólo a través de la pintura, que siempre eran las mismas figuras.
Ahora sé que debió ser así, que yo era la persona indicada. Destino, casualidad?
Recuerdo que al principio me molestó, y mucho. Claro… qué justo el fin de semana largo!!, recuerdo que no dejaba de maldecir y de leer la nota entregada por Pedro, el cadete, a primera hora de la mañana.
MEMORANDUM Nº 193
Asunto: Convención de Psiquiatría
Se comunica a usted que por ausencia del Sr. Director responsable, se lo ha nombrado representante natural del mismo para
Para más información remitirse a la oficina de personal.
Pero bueno, allí estaba yo, valija en mano, recorriendo los pasillos del viejo edificio de la calle Paysandú al 1038 de Paraná, cuando de repente vi algo que me era muy familiar; una al lado de la otra, como si me estuviera guiando a algún lado ya prefijado o predestinado. No creo en las casualidades, sí en el destino.
Todas eran la misma figura, sólo cambiaba el color de su cabello o peinado. Ya con desesperación me encontré cara a cara con ella. Pero era ella?. Sentada en un rincón de la habitación, delgada, demacrada, con el cabello desprolijo, la mirada vacía y sus las manos llenas de pintura, señal que sin dudas era la autora de aquellos retratos.
_Es un caso de personalidad múltiple – escucho a mis espaldas – venga doctor, lo estábamos esperando.
En ese momento no me salió palabra alguna. El resto del día estuve en la convención sólo de cuerpo presente, no me pregunten qué se dijo pues mi mente estaba en la habitación 210.
Aproveché el break para escaparme y averiguar algo más de… quién en realidad?
Por supuesto que ya conociendo los códigos internos de este tipo de institución, sabía de los celosos profesionales que tenemos los médicos para con nuestros pacientes, así que tuve que moverme con mucha cautela.
En el momento que me hallé frente a ella, creí vivir otra vida, en otra dimensión. Me desconocía, nunca jamás, bajo ninguna circunstancia me había quedado sin saber qué decir, pero siempre hay una primera vez y fue ese día.
Creo que perdí todo profesionalismo al avasallarla con preguntas. ¿Quién era?, ¿Cómo había llegado allí? Y sobre todo ¿cómo conocía a Anahí?, pues estaba absorto por el parecido.
_ Sí, sí, Celeste y yo Anahí – repetía como un autómata.
Confundido, pero con la intención de hacer las cosas correctamente, me retiré antes de que se alterara y se pusiera violenta. La quería bien despierta, sin el efecto de ningún tranquilizante.
Localicé al director y le pedí trabajar unos días con ella, simulando un estudio con pacientes de igual patología.
Sacando a relucir una batería de técnicas y estrategias psicoanalíticas, estaba decidido a llegar al fondo de la cuestión de cualquier modo. Debía resolver mi hipótesis, porque si algo estaba clarito era que eran dos, pero mellizas?, si era así por qué Anahí no había dicho nada?
En un acto de arrojo decidí mostrarle la fotografía que siempre llevo conmigo, en la que estamos con Anahí el mismo día en que nos conocimos, y… se puso histérica.
La dejé descansar y al otro día la encontré en el parque, sentada el sol – algo inusual para ella- escuché que decía una enfermera. Estaba allí, tiesa, con algo sobre su falda en posición semifetal, como queriendo proteger aquello con su cuerpo..
Dudé en presentarme pero pudo más la curiosidad, fue así que al verme, entrecortado, balbuceando, me entrega algo así como un diario íntimo pero lleno de recortes de revistas a modo de colage.
Para mi sorpresa… sí, sí, como ya se pueden haber imaginado, lo allí representado eran lugares y momentos específicos de su vida.
Para mí todo un deja vu. Todo me llevaba a la familia de Anahí, así que haciendo mil y una conjeturas, llamé a Rosa, que si bien no nos conocíamos personalmente, siempre estábamos en contacto con ella, y sin darle muchas explicaciones por teléfono, fingí necesitarla por un asunto de trabajo y quedamos en que iría a buscarla a la estación de trenes. Al llegar la reconocí enseguida, estaba emocionada, sospechando que algo andaba mal, lo primero que me preguntó fue por Anahí.
-Está muy bien en Buenos Aires,, le pedí que viniese por otro motivo. Quiero que conozca a una persona que me tiene impactado desde hace unos días y no sé por qué supuse que usted es la única persona que puede disipar mis dudas.
No quise adelantarle nada más, recuerdo el silencio ensordecedor del viaje hasta el hospital. No quería pensar en nada, sólo que las cosas sucediesen por sí solas. Ni siquiera me atrevía a mirar de reojo a la mujer que la tenía a mi lado; sí podía verse en ella sencillez personificada.
Cuando llegamos pregunto por la paciente de la 210, estaba en el jardín. Rosa al verla queda sin respiración, petrificada, dejando caer todo lo que llevaba en sus manos. Corre, toma el brazo izquierdo y verifica la presencia de aquellas pecas del brazo y antebrazo, que al flexionarlos se hacían una.
Caen al suelo de rodillas, se miran, ríen y comienzan un juego de manos como los que solían jugar de niñas, el momento siguiente fue inenarrable, más aún cuando Rosa me miró diciendo
_En Oberá era un secreto a gritos.

2 comentarios:
muy bueno el cuento.me confundi un poco al leerlo cuando cambiabas de persona (empieza en 3º y luego termina en 1º)por eso lo lei otra vez para entenderlo. me gusto la historia
Es un cuento de lectura más detenida, seguro, por eso le pasó lo que le pasó al lector anónimo. Claudia, dale una miradita a los tiempos verbales y algunos errores de tipeo.
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