viernes, 14 de noviembre de 2008

LAS CARTAS DE ISABEL

Nunca supe exactamente cual fue el motivo pero mi abuela y mi madre tuvieron una gran discusión y el orgullo las arrastró hasta el abismo. Mi madre decidió irse tras ese hombre, y me llevó con ella quien sabe por qué motivo. Al llegar a Buenos Aires me dijo que, en adelante, correría peligro si estaba a su lado. Y fue entonces cuando me dejó abandonada en la puerta de un internado religioso. Todavía suena en mi cabeza su advertencia: “Volveré a buscarte. Si te vas, jamás volverás a verme”.

Crecí entre el desamparo y la supervivencia, sintiendo cómo la espera interminable se transformaba en dolor y en odio. La ira que me provocaba el abandono casi me convirtió en un animal salvaje, hasta que un día, llegó la primera carta para mí, firmada por Isabel. Y desde entonces fueron dos por año. Dos sobres que perfumaban mis manos, que no amenazaban, que no prometían, utopías disfrazadas de cuentos de hadas, que arrullaban mi sueño de libertad, de familia, de amor. No lo supe entonces pero no era yo solamente quien las leía. En una de las últimas cartas decía que pronto llegaría el final y podríamos vernos, pero en las siguientes, las líneas comenzaron a ondularse desordenadamente y las letras volaban libres por el papel, sin dejar de ser de ella…y para mí.

Y una vez, todo acabó. Pasé dos navidades sin cartas y dos años busqué entre hojas amarillas el motivo de su ausencia, como si hubiera, escondida entre líneas, una clave para descifrar. Hasta que Ana, me propuso huir a buscarla.

Antes de la madrugada, abordamos el tren a Posadas, escondidas en los baños. A mitad del viaje en una parada desoladora me rogó que bajara a buscar agua señalándome una casa que estaba a unos cuantos metros de las vías, fingiendo desvanecerse. No pude alcanzar el tren, ni las cartas que iban guardadas en una bolsita de lienzo, que dejé sobre las piernas de Ana.

Después cometí el segundo error, toqué la puerta de esa casa, que no era otra cosa que el mismísimo infierno, donde no pasaba el tiempo, donde dormí deseando no despertar jamás.

En el fondo del miserable pozo del horror pensé en su maldad y quise odiarla, pero aún allí, todavía podía entenderla y, en cambio aborrecía mi conciencia, esa que me mostraba que la orfandad destruye los andamios de la vida, que uno se vuelve superviviente, que a partir de entonces comienza la cacería, el ahogo del amor y en el umbral de la desesperación, el regocijo del demonio. Porque no se puede cargar con el infortunio y ver la luz de la dicha alumbrando para otro lado, es necesario apagarla para todos. Ese termina siendo el motivo de la aborrecida existencia de quien crece en el abandono.

Entre tanto desconsuelo, aconsejada por una voz metálica e insistente provoqué mi propio final. Y no pudo ser.

Supe después que, cuando ya no servía, tiraron mi cuerpo en un monte, donde más tarde me encontró La Curandera. Me desperté en la habitación de un rancho seco y polvoriento. Desde el lecho de trapos donde me encontraba podía ver sus pies entrando y saliendo del recinto. La primera vez que la vi acercarse a mí, traía una taza de loza despintada, se inclinó y me dijo:

- Tomalo ligero. Es para limpiar las entrañas.

Y bebí la infusión amarga, oscura y grumosa mientras ella sostenía mi cabeza con una de sus manos.

Por la noche, se sentaba en un rincón de la pieza donde la tenue luz del firmamento que se colaba por una pequeña ventana, sólo me dejaba ver sus piernas cubiertas por una manta. Desde allí murmuraba balbuceos entrecortados que sonaban a ronquidos. Así pasaron, quien sabe, cuántos días o semanas y mi cuerpo se iba aliviando.

En el punto cero de una noche tenebrosa me dijo:

- Es necesario recuperar el destino hurtado y debemos hacerlo ahora, antes de que se extinga de tu ser la fuerza incontrolable que contagia la maldad a las almas que fueron ultrajadas.

Después me dijo que iba a provocar una visión de pasado y futuro para invertir los destinos porque era menester castigar al traidor pero que yo debía volver a cruzar del lado del sufrimiento como prueba de la fortaleza que exige la magia. Acepté sin entender. Ella se veía segura de lo que estaba por suceder y me puse en sus manos. Fuimos atrás del rancho. Ella llevaba una pala y yo, un farol. Desenterró una caja de grueso metal. Dentro de ella había tres piedras. Me indicó que tomara una y soportara el dolor hasta que pudiera ver. Tomé la primera. Estaba tibia. La Curandera recitaba una extraña frase una y otra vez. Empecé a sentir fuertes puntazos en mis ojos y luego pude verme en el orfanato. Y pude ver a Ana leyendo cartas que nunca recibí.

La piedra comenzó a enfriarse y la dejé.

La mujer me indicó que tomara la segunda. Estaba caliente a tal extremo que debía cambiarla de mano para no sufrir quemaduras inmediatas. Comenzaron a aparecer en mi cabeza, como pinturas que iban intensificando sus colores, otras escenas que mostraban a mi abuela sosteniendo un cartel con mi foto y la de mi madre ente la muchedumbre. Las imágenes se apagaron y la piedra se entibió.

Tomé la tercera piedra cegada por la incertidumbre. El dolor fue casi insoportable. La piedra consumió la carne de mis manos de tal manera que no podía concentrarme en las imágenes que se dibujaban delante de mí, pero pude ver a mi abuela desconsolada, identificando un cuerpo sin vida. Estaba por dejar caer la piedra cundo alcancé a ver a Ana en una gran casa antigua tirando dentro de una bolsa de desperdicios un retrato de la niña que fui un día junto a mi abuela.

La Curandera trajo un balde con agua desde el pozo del rancho y me pidió que sumergiera las manos en el agua. Mientras ella tiraba todo tipo de hojas y semillas en el agua. Después untó mis manos con ungüento verde oscuro mientras reía a carcajadas aterradoras, macabras. Comenzó a llover torrencialmente y los rayos que iluminaban la noche me permitieron ver a lo lejos una montaña de rocas que crecía.

Partí de la Estación de Chajarí hacia Posadas. Cuando llegué, caminé sabiendo hacia donde iba alejándome de la ciudad. A lo lejos pude verla, esperándome sentada bajo el alero de madera. Y la recuerdo, corriendo por el rojo sendero, a mi encuentro.

Ahora, administro “La Posada de Isabel” y durante la cena de mis huéspedes puedo contar, a quien quiera oír, la leyenda del ánima de La Malvada Impostora que yace sepultada bajo una pila de rocas candentes, en un rancho viejo, perdido en el monte a mitad del camino entre Buenos Aires y Misiones.

Ana Pérez Cazal.

2 comentarios:

monica wooley dijo...

Ana que buen cambio que le realizaste al cuento.Antes y ahora me sigue gustando.Me parece atrapante al leerlo.
Mónica

Anónimo dijo...

me encanto la historia! muy buena la narracion, me gustan las metaforas que usas para describir cada situacion.